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Piqueteros intelectuales


OPINIÓN

Por Mario Vargas Llosa publicado en la edición impresa del Diario La Nación de Argentina. Opinión a raíz de la oposición de algunos  intelectuales argentinos a que el reciente ganador del Premio Nobel de Literatura abriera la Feria del Libro en ese país. En este artículo el escritor explica las razones de intolerancia a la diversidad de pensamiento que tienen grupos kirchneristas -muchos de ellos populistas de izquierdas-. Como siempre, Vargas Llosa describe con criterio de alto vuelo, los puntos coincidentes de estos opositores con las dictaduras de izquierdas y de derechas.


"¿Qué clase de Argentina quieren los intelectuales kirchneristas? ¿Una nueva Cuba, donde, en efecto, los liberales y demócratas no podríamos jamás dar una conferencia ni participar en un debate y donde sólo tienen uso de la palabra los escribidores al servicio del régimen? La convulsionada Venezuela de Hugo Chávez es tal vez su modelo. Pero allí, a diferencia de los miembros del grupo Carta Abierta, la inmensa mayoría de intelectuales, tanto de izquierda como de derecha, no es partidaria de los vetos y censuras. Por el contrario, combate con gran coraje contra los atropellos a la libertad de expresión y la represión creciente del gobierno chavista a toda forma de disidencia u oposición".
MADRID.- Un puñado de intelectuales argentinos kirchneristas, vinculados con el grupo Carta Abierta, encabezados por el director de la Biblioteca Nacional, Horacio González, pidió a los organizadores de la Feria del Libro de Buenos Aires, que se abrirá el 20 de abril, que me retirara la invitación para hablar el día de su inauguración. La razón del veto: mi posición política "liberal", "reaccionaria", enemiga de las "corrientes progresistas del pueblo argentino" y mis críticas a los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner.
Bastante más lúcida y democrática que sus intelectuales, la presidenta Cristina Fernández se apresuró a recordarles que semejante demostración de intolerancia y a favor de la censura no parecía una buena carta de presentación de su gobierno, ni oportuna, cuando parece iniciarse una movilización a favor de la reelección. Obedientes, pero sin duda no convencidos, los intelectuales kirchneristas dieron marcha atrás.
Me alegra coincidir en algo con la presidenta Cristina Fernández, cuyas políticas y declaraciones populistas en efecto he criticado, aunque sin llegar nunca al agravio, como alegó uno de los partidarios de mi defenestración. Nunca he ocultado mi convencimiento de que el peronismo, aunque haya impulsado algunos progresos de orden social y sindical, hechas las sumas y las restas ha contribuido de manera decisiva a la decadencia económica y cultural del único país de América latina que llegó a ser un país del primer mundo y a tener en algún momento un sistema educativo que fue un ejemplo para el resto del planeta.
Esto no significa, claro está, que aliente la menor simpatía por sus horrendas dictaduras militares cuyos crímenes, censuras y violaciones de los derechos humanos he criticado siempre con la mayor energía en nombre de la cultura de la libertad que defiendo y que es constitutivamente alérgica a toda forma de autoritarismo.
Precisamente, la única vez que he padecido un veto o censura en la Argentina, parecido al que pedían para mí los intelectuales kirchneristas, fue durante la dictadura del general Videla, cuyo ministro del Interior, el general Harguindeguy, expidió un decreto de abultados considerandos prohibiendo mi novela La tía Julia y el escribidor y demostrando que ésta era ofensiva al "ser argentino". Advierto con sorpresa que los intelectuales kirchneristas comparten con aquel general cierta noción de la cultura, de la política y del debate de ideas que se sustenta en un nacionalismo esencialista un tanto primitivo y de vuelo rasero.
Porque lo que parece ofender principalmente a Horacio González, José Pablo Feinmann, Aurelio Narvaja, Vicente Battista y demás partidarios del veto, por encima de mi liberalismo es que, siendo un extranjero, me inmiscuya en los asuntos argentinos. Por eso les parecía más justo que abriera la Feria del Libro de Buenos Aires un escritor argentino en consonancia con las "corrientes populares".
Si tal mentalidad hubiera prevalecido siempre en la Argentina, el general José de San Martín y sus soldados del Ejército Libertador no se hubieran ido a inmiscuir en los asuntos de Chile y Perú y, en vez de cruzar la cordillera de los Andes impulsados por un ideal anticolonialista y libertario, se hubieran quedado cebando mate en su tierra, con lo que la emancipación hubiera tardado un poco más en llegar a las costas del Pacífico sudamericano. Y si un rosarino llamado Ernesto "Che" Guevara hubiera profesado el estrecho nacionalismo de los intelectuales kirchneristas, se hubiera eternizado en Rosario ejerciendo la medicina en vez de ir a jugarse la vida por sus ideas revolucionarias y socialistas en Guatemala, Cuba, el Congo y Bolivia.
Fuego de artificio
El nacionalismo es una ideología que ha servido siempre a los sectores más cerriles de la derecha y la izquierda para justificar su vocación autoritaria, sus prejuicios racistas, sus matonerías, y para disimular su orfandad de ideas tras un fuego de artificio de eslóganes patrioteros. Está visceralmente reñido con la cultura, que es diálogo, coexistencia en la diversidad, respeto del otro, la admisión de que las fronteras son en última instancia artificios administrativos que no pueden abolir la solidaridad entre los individuos y los pueblos de cualquier geografía, lengua, religión y costumbres pues la nación -al igual que la raza o la religión- no constituye un valor ni establece jerarquías cívicas, políticas o morales entre la colectividad humana.
Por eso, a diferencia de otras doctrinas e ideologías, como el socialismo, la democracia y el liberalismo, el nacionalismo no ha producido un solo tratado filosófico o político digno de memoria, sólo panfletos a menudo de una retórica tan insulsa como beligerante. Si alguien lo vio bien, y lo escribió mejor, y lo encarnó en su conducta cívica fue uno de los políticos e intelectuales latinoamericanos que yo admiro más, el argentino Juan Bautista Alberdi, que llevó su amor a la justicia y a la libertad a oponerse a la guerra que libraba su propio país contra Paraguay, sin importarle que los fanáticos de la intolerancia lo acusaran de traidor.
Los vetos y las censuras tienden a imposibilitar todo debate y a convertir la vida intelectual en un monólogo tautológico en el que las ideas se desintegran y convierten en consignas, lugares comunes y clisés. Los intelectuales kirchneristas que sólo quisieran oír y leer a quienes piensan como ellos y que se arrogan la exclusiva representación de las "corrientes populares" de su país están muy lejos no sólo de un Alberdi o un Sarmiento, sino también de una izquierda genuinamente democrática que, por fortuna, está surgiendo en América latina, y que en países donde ha estado o está en el poder, como en Chile, Brasil, Uruguay, ha sido capaz de renovarse, renunciando no sólo a sus tradicionales convicciones revolucionarias reñidas con la democracia "formal" sino al populismo, al sectarismo ideológico y al dirigismo, aceptando el juego democrático, la alternancia en el poder, el mercado, la empresa y la inversión privadas, y las instituciones formales que antes llamaba burguesas. Esa izquierda renovada está impulsando de una manera notable el progreso económico de sus países y reforzando la cultura de la libertad en América latina.
¿Qué clase de Argentina quieren los intelectuales kirchneristas? ¿Una nueva Cuba, donde, en efecto, los liberales y demócratas no podríamos jamás dar una conferencia ni participar en un debate y donde sólo tienen uso de la palabra los escribidores al servicio del régimen? La convulsionada Venezuela de Hugo Chávez es tal vez su modelo. Pero allí, a diferencia de los miembros del grupo Carta Abierta, la inmensa mayoría de intelectuales, tanto de izquierda como de derecha, no es partidaria de los vetos y censuras. Por el contrario, combate con gran coraje contra los atropellos a la libertad de expresión y la represión creciente del gobierno chavista a toda forma de disidencia u oposición.
De quienes parecen estar mucho más cerca de lo que tal vez imaginan Horacio González y sus colegas es de los piqueteros kirchneristas que, hace un par de años, estuvieron a punto de lincharnos, en Rosario, a una treintena de personas que asistíamos a una conferencia de liberales, cuando el ómnibus en que nos movilizábamos fue emboscado por una pandilla de manifestantes armados de palos, piedras y botes de pintura. Durante un buen rato debimos soportar una pedrea que destrozó todas las lunas del vehículo, y lo dejó abollado y pintarrajeado de arriba abajo con insultos. Una experiencia interesante e instructiva que parecía concebida para ilustrar la triste vigencia en nuestros días de aquella confrontación entre civilización y barbarie que describieron con tanta inteligencia y buena prosa Sarmiento en su Facundo y Esteban Echeverría en ese cuento sobrecogedor que es El matadero .
Me apena que quien encabezara esta tentativa de pedir que me censuraran fuera el director de la Biblioteca Nacional, es decir, alguien que ocupa ahora el sitio que dignificó Jorge Luis Borges. Confío en que no lo asalte nunca la idea de aplicar, en su administración, el mismo criterio que lo guió a pedir que silenciaran a un escritor por el mero delito de no coincidir con sus convicciones políticas. Sería terrible, pero no inconsecuente ni arbitrario. Supongo que si es malo que las ideas "liberales", "burguesas" y "reaccionarias" se escuchen en una charla, es también malísimo y peligrosísimo que se lean. De ahí hay solo un paso a depurar las estanterías de libros que desentonan con "las corrientes progresistas del pueblo argentino".
Tomado del © El País de España. 13 de marzo 2011.




Rafael Correa y el síndrome de Münchausen

Por Carlos Alberto Montaner

Periodista y escritor cubano.

11/01/2011


El presidente Correa tiene una extraña obsesión conmigo. Esto comienza a ser un grave problema psiquiátrico.¿Por qué miente el presidente Correa? Una hipótesis es que padece la variante política del síndrome de Münchausen, uno de los llamados “trastornos facticios” que afectan la mente. Quienes lo sufren inventan dolencias y se convierten en víctimas para llamar la atención.

El primer síntoma de su curiosa manía comenzó con una agresiva carta en la que se quejaba de El regreso del idiota, un libro que publiqué en compañía de Álvaro Vargas Llosa y Plinio Apuleyo Mendoza hace unos años. Cuando la leí me decepcionó. Me pareció una persona crispada y sin sentido del humor. Hasta ese momento creía que era una persona mucho más inteligente y flexible. Era un hombre psicorígido con una manifiesta tendencia a la iracundia. Admito mi error.
Después me acusó de formar parte de una organización de Derechos Humanos que lo había acusado de alguna violación. Yo nada tenía que ver con esa institución ni con la denuncia. No tenía idea de lo que hablaba. Ahora insiste en vincularme a una supuesta conspiración para derrocarlo en la que figuraba el ex presidente Lucio Gutiérrez. Se lo ha declarado al periodista hispano-francés Ignacio Ramonet en una entrevista reproducida en Le Monde Diplomatique.
El origen de esa calumniosa falsedad fue una charla dada por Gutiérrez en un acto académico convocado en Miami por el Instituto Interamericano por la Democracia, una semana antes del motín policiaco del 30 de septiembre. Me pidieron que lo presentara y, como es habitual, dije algunas frases amables sobre el disertante. Eso fue todo. Antes lo había hecho con otros invitados, dado que por esa libre tribuna han pasado dos docenas de personas, y entre ellas ex presidentes como el argentino Eduardo Duhalde y el uruguayo Luis Alberto Lacalle.
En el público, naturalmente, había un grupo de ecuatorianos notables residentes en Miami. Algunos de ellos detestan a Correa y afirman que recurre frecuentemente a la persecución judicial y fiscal de sus enemigos. Condenan, como medio Ecuador, la forma en que acumuló poder violando la Constitución, destrozando los poderes legislativo y judicial, y desconfían de sus intenciones por la manera en que trata a la prensa y recorta las libertades. Temen que conduzca al país a un alborotado manicomio como es la Venezuela de Hugo Chávez o a una dictadura como la cubana. Yo no estoy seguro de lo que tiene en la cabeza, pero, por lo pronto, me parece un pésimo gobernante dedicado a crear problemas en lugar de buscar soluciones.
La conferencia de Gutiérrez se divulgó inmediatamente por medio de internet, dado que nada hay oculto o siniestro en las tareas del instituto: todo es transparente, limpio y dentro del respeto a la ley. De ese video, el señor Correa dedujo las supuestas “pruebas” de la conspiración. ¡Qué actitud tan demagógica y tan poco seria! ¡Pobres ecuatorianos! Es una lástima que los trastornos facticios posean tan mal pronóstico. No tienen fácil cura.
*Esta columna fue publicada con anterioridad en el blog Libremente del centro de estudios públicos ElCato.org.

Obama salvó el capitalismo y fue castigado por ello

Mucho se habla del tsunami republicano que sepultó al partido democráta en un susceso electoral histórico. ¿Tan mal lo ha hecho Omaba para recibir este castigo? Para Timothy Egan, reconocido columnista del The New York Times, Obama salvó al capitalismo y explica muy bien porqué. En estas explicaciones menciona una serie de beneficios logrados que según él han sido desconocidos por el gran electorado, tal vez porque no tiene el alcance para comprenderlos.

Cómo es posible que un gobierno luego de excelentes estrategias aplicadas para obtener una reactivación de la absolutamente estrangulada economía, heredada por el peor gobierno que haya tenido esa nación -el mandato de Bush hijo-, reciba un rotundo NO en el voto de los electores, muchos de ellos que otrora  entregaron el SI que llevó a Obama a la Casa Blanca.

¿Dónde estuvo el error democráta? En mi opinión, si el ciudadano norteaméricano desconocía o no comprendía la verdadera escencia de los avances del gobierno en el manejo de la crisis, no cabría duda que hubo un grave problema de comunicación del gobierno a la población, política comunicacional que los democrátas omitieron y que ahora les pasó la cuenta.

En mi caso, yo le creo a Timothy Egan, porque además, siempre he tenido simpatía por los democrátas y mi voto simbólico es y será para Obama, al margen de sus errores que como a cualquiera se les pueda señalar.

A continuación los argumentos del columnista Timothy Egan, en el que ofrece datos muy interesante que aseguran que Obama es el salvador del capitalismo y por lo cual ha recibido tal castigo.

De cómo Obama salvó el capitalismo y perdió las elecciones intermedias

Por Timothy Egan
The New York Times
4 de noviembre de 2010


Si yo fuera uno de esos donantes corporativos que financiaron el tsunami republicano que llevó a más de 50 nuevos miembros de ese partido a la Cámara de Representantes, estaría cauteloso con lo que acaba de ocurrir.

Independientemente de la opinión que tengas sobre el presidente Barack Obama, él ha salvado al capitalismo y por eso ha pagado un precio terrible.


Supón que hubieras dispuesto de 100,000 dólares para invertir el día de la inauguración del gobierno de Obama. ¿Por qué invertir en un demócrata liberal? Porque el gobierno de George W. Bush produjo la mayor caída en la bolsa de valores en la historia presidencial de este país. El valor neto de los hogares estadounidenses se desplomaba mientras Bush se escabullía. Si necesitabas un préstamo para comprar una casa o para que tu empresa no se malograra, el sector privado de prestamistas ya se había deteriorado cuando Bush entregó el poder.


El 2 de noviembre de 2010, día de las elecciones intermedias, tus 100,000 dólares valían alrededor de 177,000 si los habías invertido estrictamente en el promedio NASDAQ durante el período presidencial de Obama. Asimismo, tenían un valor de 148,000 dólares si los invertiste en las 500 principales empresas de Standard & Poors. Esto debe producir una ganancia del 77 y el 48 por ciento, respectivamente.


Sin embargo, los mercados, aunque con visión de futuro, no se consideran marcadores precisos de la economía, y la gran recesión que sufre el país sesgó las cifras de Bush. Bien. ¿Qué tal si miramos hacia las grandes instituciones financieras que mantuvieron la maquinaria capitalista funcionando, como los bancos y las fábricas de autos?


El sistema financiero fue resucitado a través del plan de rescate económico de 700,000 millones de dólares, el cual comenzó en la era de Bush (un dato que la mayoría de los estadounidenses desconoce) y fue finalizado por Obama con la ayuda de la Reserva Federal. Este plan funcionó. Se espera que el gobierno alcance el equilibro tras una apuesta riesgosa para estabilizar el sistema mundial de libre mercado. Si Obama se hubiera guiado por los instintos populistas de muchos miembros de su partido, los cimientos del gran capitalismo podrían haber colapsado. Obama logró esto sin tener que nacionalizar bancos, como sugerían otros demócratas.


El rescate de la industria automovilística de Estados Unidos, que ha sido una carga enorme para el capital político de Obama, constituye un logro monumental que muy pocos aprecian, a menos que vivas en Michigan. Después de recibir la ayuda de Obama, las empresas General Motors y Chrysler están obteniendo ganancias en la actualidad con su fabricación de autos. Incluso están pensando en abrir fábricas nuevas. Más de 1 millón de empleos habrían desaparecido si la industria automovilística nacional se hubiese derrumbado.


“Debemos pedir disculpas a Barack Obama”, escribió la revista The Economist, que se oponía al rescate financiero de la industria automovilística, cifrado en 86,000 millones de dólares.


En cuanto a General Motors, tras resurgir de la bancarrota, lanzará una oferta pública de nuevas acciones en pocas semanas, mientras que el gobierno estadounidense, con su participación del 60 por ciento en las acciones comunes, se prepara para obtener ganancias. En efecto, la industria automovilística se ha salvado y es probable que el gobierno se beneficie económicamente de eso, lo cual es uno de los éxitos del gobierno de Obama.


Las tasas de intereses están en su punto más bajo. Las ganancias corporativas están iluminando las salas de conferencias. Este ha sido uno de los mejores años de ganancias en una década.


Todo lo anterior es bueno para el capitalismo y debe poner fin a cualquier debate serio sobre el socialismo de Obama. Más que nada, el hecho de que el presidente se enfrentara a los fallos estructurales de un sistema de libre empresa deteriorado, en vez de enfocarse en situaciones que el votante promedio pueda comprender, explica por qué el Partido Demócrata fue derrotado en las elecciones del martes. Simplemente, Obama se vio perjudicado por la ansiedad de los votantes en una década de fortunas disminuidas.


“Hemos hecho cosas que el pueblo ignora”, dijo Obama al presentador Jon Stewart.


¡Por supuesto! Los tres logros principales de sus primeros dos años de mandato, una reforma al sistema de salud que beneficiará a millones de personas; la reforma financiera que intenta nivelar el campo de acción con Wall Street; y el paquete de estímulo económico de 814,000 millones de dólares, todos han sido considerados como errores del gobierno y han sido rechazados por la mayoría.


Sin embargo, a su manera, cada uno de ellos debe fortalecer al sistema. La ley de salud mantendrá los costos bajos, mientras que le proporcionará a millones de ciudadanos la oportunidad de obtener cobertura médica, según la oficina de presupuesto congresional, un grupo sin afiliación partidista.


La reforma financiera intenta prevenir los tipos de crisis que causaron el colapso de la economía mundial. El paquete de estímulo económico, aunque incrementó drásticamente el déficit, evitó que se perdieran 3 millones de empleos, de acuerdo con datos de la oficina de presupuesto congresional. Asimismo, proporcionó un recorte a la mayoría de los contribuyentes, algo que el 90 por ciento de los estadounidenses desconoce.


Claro, nadie recibe crédito por impidir que un avión se estrelle. En las manifestaciones nadie ha gritado: “¡Podría haber sido peor!” Y más revelador aún, a pesar de un ligero repunte en la creación de empleos este año, es que la tasa de desempleo subió del 7.6 por ciento en el mes en que Obama asumió la presidencia al 9.6 por ciento en la actualidad. Ha habido miles de millones de dólares en ganancias, beneficios inesperados en la bolsa de valores y el sistema bancario se ha estabilizado, pero el sector laboral no.


Por supuesto, los grandes intereses monetarios que se beneficiaron de las iniciativas de Obama no han dado muestras de aprecio. Obama, cuando era senador, votó en contra del rescate financiero de AIG, la gigantesca e imprudente empresa de seguros. Como presidente, les concedió préstamos de tesorería en un momento en que los economistas dijeron que se podía hacer porque, de lo contrario, se podría arriesgar a un colapso mayor. La respuesta de esos grandes intereses fue entregar 165 millones de dólares en bonificaciones a sus ejecutivos y hacer donaciones este año al Partido Republicano.


El dinero fluye hacia el poder, ahora en las manos del partido que promete reducciones de impuestos y desregulación, algo que puede complacer grandemente a las grandes empresas.


El presidente Franklin Roosevelt también salvó al capitalismo en 1933, en una época en que el sistema de libre empresa había fracasado. A diferencia de Obama, Roosevelt fue recompensado con victorias en las elecciones intermedias para su partido, porque la mayoría del pueblo estaba satisfecho con la dirección en que marchaba el país.


Obama se puede catalogar como el mejor amigo del consumidor y puede dar la bienvenida a la animosidad en Wall Street. Pero debe emprenderla con las empresas que descansan sobre una gran pila de dinero y no están contratando a nuevos empleados. A las empresas que sí están contratando y creando nuevos puestos de trabajo, Obama debe ofrecer incentivos fiscales. Asimismo, el presidente debe señalar a los gigantes del mundo de las finanzas por negarse a limpiar su propio reguero en la crisis hipotecaria, y debe enfocarse en la muy necesitada protección de los titulares de tarjetas de crédito que viene aparejada con la reforma financiera.


El presidente debe usar su poder de veto con cualquier proyecto de ley que intente revertir algunas de las protecciones básicas para el pueblo con respecto a las instituciones que controlan grandemente la vida de los ciudadanos, como son Wall Street, las empresas aseguradoras y las grandes corporaciones petroleras.


Los manipuladores de las grandes riquezas se quejan de una fiera tormenta y claman que hay una guerra contra las empresas, pero no están siquiera cerca de eso. Obama los salvó de la bancarrota y ha sido él quien ha pagado el mayor precio.
 
*Timothy Egan
Trabaja para The Times desde hace 18 años - como corresponsal del Noroeste del Pacífico. Su columna sobre la política y la vida estadounidense aparece aquí el jueves. En 2001, formó parte del equipo ganador del premio Pulitzer que escribió la serie "Cómo se vive la carrera en Estados Unidos." Él es el autor de varios libros, incluyendo "El peor momento duro", una historia de la gran sequía, con la que ganó el Premio Nacional del Libro y, más recientemente, "The Big Burn:. Teddy Roosevelt y el fuego que América Guardado".